Making a Murderer: ¿realidad ficticia o ficción realista?

12 de febrero de 2016


¿Habéis oído hablar de Making a Murderer? Qué digo... Si tenéis conexión a Internet (imagino que sí, si estáis leyendo esto) habéis oído hablar de ella. ¡Qué demonios! Si vivís en el planeta Tierra tenéis que haber estado presentes en más de una conversación en la que se haya mencionado este título. Y es que desde que Netflix la lanzó al público el pasado 18 de diciembre, este documental de diez episodios se ha convertido en la obsesión favorita del público en general y de la sociedad americana en particular. Tanto, que hasta el propio Obama se ha visto en la incómoda (aunque acertada) situación de tener que eludir preguntas al respecto. Imaginad la magnitud de su repercusión.

¿En qué consiste Making a Murderer? Como comentaba antes, se trata de un documental dividido en diez partes, elaborado con material recogido a lo largo de más de una década por Laura Ricciardi y Moira Demos. Su argumento gira en torno al caso de un hombre acusado de un delito que afirma no haber cometido. El documental servirá, poco a poco, para ir desvelando las inconsistencias de un sistema judicial que cada vez se nos irá mostrando menos fiable. No es, desde luego, la primera vez que se realiza este tipo de crítica (productos de gran calidad como The Jinx o Serial ya lo hicieron). ¿Qué tiene, entonces, este documental para haber atraído tanto la atención?


En primer lugar, un ingrediente esencial es el hecho de que cuenta con un caso más que atractivo. En el primer episodio (que podéis ver aquí subtitulado, subido por el propio canal de Netflix) se nos presenta la historia de Steven Avery, un ciudadano de Wisconsin que es acusado de violación y, consecuentemente, encarcelado por ello. Lo llamativo de su caso es que, 18 años después de su ingreso en prisión, una prueba de ADN (método que no se encontraba lo suficientemente desarrollado cuando fue juzgado) sirve para demostrar su inocencia.

Tenemos, pues, a un hombre al que injustamente se le han arrebatado casi dos décadas de vida por un error humano. Un condenado que, de la noche a la mañana, pasa a ser prácticamente un símbolo; un mártir. Una víctima de uno de esos fallos estadísticamente inevitables en cualquier sistema, por fiable que sea.

Pensaréis entonces, ¿y qué interés puede tener este caso, una vez resuelto? Ahí viene la gran sorpresa del arranque de la serie: una vez liberado de todos los cargos, y a punto de recibir una compensación económica más que jugosa, Steven es acusado de un delito mucho más grave: el asesinato de Teresa Halbach.

El documental surge a raíz de la curiosidad de sus propias creadoras, quienes conocieron el caso a través de la televisión nacional, y pronto vieron que había elementos muy sospechosos. Empezando por el más obvio: ¿tiene sentido que un hombre que ha perdido 18 años de su vida injustamente sea capaz de cometer un error tan grave justo cuando tiene la oportunidad de empezar de nuevo? Esta y otras preguntas se plantean en un documental que irá exponiendo poco a poco todas las inconsistencias de un caso que se vuelve más extraño conforme más ahondamos en él.

Los errores judiciales, la incompetencia de los agentes y la manipulación evidente de pruebas son sólo algunas muestras de lo que este documental saca a la luz, ante la mirada de impotencia de todos los que los seguimos. 


Una de las grandes virtudes del documental es que no muestra las voces de los entrevistadores. Vemos declaraciones a la cámara, claro está, pero con más frecuencia aún tenemos la sensación de ser testigos invisibles de la intimidad de las vidas de sus protagonistas. Escuchamos sus conversaciones de teléfono, o simplemente les vemos en situaciones cotidianas, como si fueran totalmente ajenos a la presencia de las cámaras. Como si lo que viéramos fuera totalmente real, sin estar alterado por la presencia de los reporteros. A ello contribuye también el ritmo de la narración, que no escatima a la hora de presentar silencios, suspiros, o pausas, que nos ayudan mucho más a dibujar un retrato de los personajes que vemos.

Sus personajes son, sin lugar a dudas, otro de los pilares fundamentales del éxito del documental. Los miembros de la familia Avery no son personas al uso: son marginados sociales, personajes extraños por naturaleza, rednecks endogámicos con los que en cualquier otro contexto habría sido prácticamente imposible empatizar. Hombres y mujeres con muy bajo coeficiente intelectual cuyas carencias quedan en evidencia en sus diálogos, a menudo compuestos por frases inconexas y llenos de dubitaciones. Y aquí es donde realmente radica el éxito de Making a Murderer. 

Al mostrar las debilidades de sus protagonistas, el espectador adopta una actitud protectora y paternalista ante lo que ve: es imposible que gente tan simple pueda orquestar lo que plantea la acusación. Una acusación, además, que pronto se gana la antipatía de los espectadores. No podemos negarlo: el documental anda lejos de ser objetivo. Se viste de objetividad anulando a un narrador que nos dé ningún tipo de juicio de valor. E incluso nos plantea dudas, bien repartidas y en momentos concretos, para que dudemos de la inocencia de Avery; sólo para volver a mostrarnos, con más fuerza aún, que estamos ante una víctima. Making a Murderer tiene una opinión muy sesgada, y no se ruboriza al reconocerlo.

No pretendo con esto decir que lo que nos muestran sea falso. No puedo afirmarlo. Pero tampoco lo contrario. Sólo pretendo llamar la atención ante el hecho de que sólo se nos muestre el lado de los Avery, mientras que la familia de la víctima sólo se vea de manera tangencial, a través de declaraciones oficiales en televisión, o en imágenes del proceso judicial. Nos falta justo aquello que logra que empaticemos con el otro lado. Igualmente, no puede uno dejar de tener la sospecha de que detrás de la versión de los Avery hay dudas mucho más razonables de las que se muestran en el visionado.

En cualquier caso, no es mi función emitir un juicio de valor sobre la inocencia o culpabilidad de los implicados, sino del documental en sí. Y tengo que decir que, a pesar de las faltas que hemos mencionado (y de un ritmo que empieza a declinar poco a poco en la segunda mitad de la temporada), Making a Murderer es más que recomendable. 

No sólo ha logrado remover la conciencia de sus espectadores, dejándonos con un sentimiento de vulnerabilidad que será difícil de borrar. Es que, según me temo, sus consecuencias reales aún están por ver: a día de hoy, cuando aún no se han cumplido dos meses desde su estreno, la serie ha logrado que surjan decenas de webs dedicadas a recopilar información sobre el caso, aportando nuevos datos, o arrojando luz ante inconsistencias graves. ¿Llegará el momento en el que se revise el caso sólo por su influencia mediática? ¿Hemos llegado al punto en el que una serie de televisión puede tener efectos prácticos en el sistema judicial? Creo que queda poco para poder comprobarlo...


1 comentario:

  1. Impresionante serie documental. Yo siempre me he reído de mi madre cuando le habla a la tele, yo no suelo hacerlo, pero esta serie ha sacado esa parte de mí. La indignación que genera de principio a fin no la he sentido con ningún otro contenido audiovisual (aunque la elección de Trump no se queda lejos). The Jinx ciertamente aportó como documental algo que el sistema de justicia no pudo, lo que hizo que se retomara el caso de Robert Dust, esperemos pues que Making a Murderer sirva para abrirle los ojos a más de uno en el país de la libertad y que los verdaderos responsables paguen por lo que han hecho.

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