Un día perfecto

21 de enero de 2016


¿Acaso el agua no se convierte en pura delicia cuando fluye por nuestra garganta para saciar la sed o cuando resbala por nuestro cuerpo en un día caluroso? ¿No es un tesoro esencial para la vida y, por tanto, un bien por el que merece la pena cualquier esfuerzo?

Esa lógica es la que mueve al grupo de cooperantes protagonista de Un día perfecto a recurrir a todos sus medios para recuperar el pozo que abastece a una población rural. Una historia de personas con un encanto especial, contada con sencillez pero con gusto.

Todo empieza con un  pozo y un cadáver que flota en el fondo. El propósito es claro, sacarlo antes de que contamine el agua y extienda enfermedades por la zona. Este objetivo que aunque desagradable podría ser relativamente sencillo, se convierte en toda una odisea al tener lugar en medio de un conflicto bélico. Lo de menos es dónde (los Balcanes –aunque en realidad se rodara en tierras granadinas) ya que no se profundizará en el porqué o en el cómo. La guerra simplemente será el contexto en el que se desarrolle esta pequeña aventura, simple pero intensa. Con guerra pero sin bombardeos o cuerpos descuartizados. Un ambiente gris (o negro) que sugiere más que muestra, como una escena erótica del cine clásico en el que el fundido en negro llega tras el primer abrazo entre amantes.


Esto no impide que el mensaje llegue igualmente o que se perciba el dolor. Lo que podría resultar excesivamente plano o insípido se resuelve con la participación del elenco que aporta esa fuerza y credibilidad que salva la historia: Mambrú (Benicio del Toro) que llora sin lágrimas por las desgracias que ha vivido, con ojos cansados de sufrir y con la calma del que carga con años de servicio a su espalda. Sophie (Mélanie Thierry) que desde su inexperiencia se desespera con las burocracias que otros ya han asimilado y todavía es incapaz de impedir que sus emociones afloren y estallen; y B (Tim Robbins) que tras vivir tantos y tantos conflictos ha aprendido a enfrentar las situaciones con un particular sentido del humor que aunque para los compañeros pueda resultar desconcertante supone una necesaria dosis cómica que enriquece esta obra dirigido por Fernando León de Aranoa.


Un título recomendable para conocer otra cara de los conflictos bélicos y que acerca la labor de esos cooperantes sin nombre con vidas sin rutina y trabajos sin horario que allí donde van se convierten en pequeños grandes héroes.

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