Hasta siempre, Alan Rickman

15 de enero de 2016


Como podéis imaginar, esta no es la entrada que teníamos planeada para hoy. Cómo íbamos a saberlo. De hecho, ojalá no tuviéramos que hacerlo. Pero la vida es cruel -y el cáncer aún más-, y hoy ha vuelto a arrebatarnos a uno de los grandes. Es la segunda vez esta semana (nos referimos a Bowie, claro). Y eso no ayuda a mitigarlo.

Se nos ha ido Alan Rickman. Se nos ha ido unos de los actores más brillantes que ha dado Gran Bretaña. Una de las dicciones más perfectas, de los acentos más cuidados. De las voces más sobrecogedoras. Un malo de los buenos, en todos los sentidos.

Aunque ya había trabajado en miniseries y películas para televisión, la primera incursión en el cine de Rickman tuvo lugar en 1988, nada menos que en La jungla de Cristal. Desde entonces, su trepidante carrera no paró, formando parte de títulos tan conocidos como Robin Hood, príncipe de los ladrones (1991), Sentido y Sensibilidad (1995), Love Actually (2003), El perfume, historia de un asesino (2003) o Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet (2007). Una filmografía variada, sin duda, en la que dejó su huella en personajes de lo más variopinto.

Pero, si hay un personaje por el que se le recordará siempre, ese es Severus Snape, el oscuro profesor de la saga Harry Potter, que a lo largo de todas sus entregas se mostró inexpugnable y misterioso, temible pero interesante. Distante y presente en cada momento relevante. Siempre ahí, en un segundo plano, pero imprescindible. Como el propio Rickman.

Fue sin duda el papel de su vida. Con ese gesto serio, esa mirada altiva pero con un punto bondadoso, Snape se adaptaba perfectamente a él, en una simbiosis que llegó al punto de que no distinguiéramos a uno del otro. Era difícil encarnar a un personaje complejo como Snape. Pero él lo hizo a la perfección. Y parece imposible imaginar a nadie que hubiese podido hacerlo mejor.

Se ha ido un gran actor y, en cierta medida, todos lo sentimos como la pérdida de una parte de nosotros. Supongo que, de algún modo, es uno de los milagros del cine: consigue que le tomemos tanto cariño a algunos de nuestros actores favoritos que sufrimos con ellos, nos alegramos con ellos, y sus ausencias también las notamos como algo nuestro.


Me gustaría terminar con las palabras que el propio Rickman dedicó al final de la saga de Harry Potter. Pienso que son un buen reflejo de su personalidad:

"Acabo de regresar del estudio de doblaje, donde he hablado en el micrófono como Severus Snape por última vez. En la pantalla se veían varios flashbacks de Daniel, Emma y Rupert de hace diez años. Tenían 12. Hace poco he vuelto de Nueva York, y mientras estuve allí, vi a Daniel cantando y bailando (magníficamente) en Broadway. Parece que ha pasado toda una vida en apenas unos minutos. 
Tres chicos se han convertido en adultos desde que una llamada de teléfono con Jo Rowling, que contenía una pequeña pista, me persuadió de que Snape era mucho más que un traje inmutable, y de que aunque en aquel momento sólo habían salido tres de los libros, ella tenía toda una inmensa pero delicada narrativa entre sus manos. 
Desde antaño tenemos la necesidad de que se nos cuenten historias. Pero la historia necesita un gran narrador. Gracias por todo ello, Jo."
Alan Rickman. 
A estas hermosas palabras sólo me gustaría añadir que, en el cine, también necesitamos a grandes genios que nos hagan ver que los personajes están realmente vivos. Y Rickman era uno de ellos.

No te olvidaremos.

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