En un mar sin corazón

15 de diciembre de 2015


El pasado fin de semana estuve dudando entre dos cintas que me llamaban bastante la atención de la cartelera: El puente de los espías y En el corazón del mar. La primera daba la impresión de tenerlo todo a su favor: me gusta Spielberg, me interesa todo el tema del espionaje de la Guerra Fría, y la crítica la ha respaldado mucho. Pero, por otra parte, había algo que me atraía poderosamente de la historia de la ballena, como le ocurría al propio capitán Ahab.

La cinta dirigida por Ron Howard se presentaba como una apuesta más arriesgada: revisitar un clásico siempre supone un peligro añadido, más aún cuando hablamos de una historia que supera la veintena en cuanto a adaptaciones al cine y la televisión se refiere. La historia de la ballena blanca, lo queramos o no, ocupa un lugar muy importante dentro de nuestro imaginario cultural. Quizás por eso me decidí a verla. O puede que porque le guarde un gran respeto a una de las mejores obras de la literatura en lengua inglesa (deformación profesional). O porque, tantos años después, ese horrible Leviatán me sigue fascinando. En cualquier caso, entré a la sala con la esperanza de sumergirme en lo más profundo del océano... sin ser consciente de que estaba a punto de naufragar, para mi desgracia.


Supongo que poco hay que decir que no sepamos ya de la famosísima historia narrada por Herman Melville. Conocida de sobra es la narración de una obsesión que, sobrepasando los límites de la cordura, llevó a su máximo extremo la lucha entre la naturaleza más salvaje y la obcecación de un hombre con un propósito que, a su vez, representa su perdición.

Sin embargo, mucho menos se sabe de las historias reales que inspiraron esta novela. Una de ellas, precisamente, es la que se encarga de presentarnos En el corazón del mar: la del Essex, un ballenero americano que, en 1820, fue atacado y hundido por un cachalote. Los pocos marineros que no murieron ahogados lucharon por sobrevivir a la deriva durante algo más de tres meses, en unas condiciones extremas, soportando la insolación, las inclemencias del tiempo, la sed, el hambre, la desesperación... y recurriendo, entre otras medidas, al canibalismo para poder prolongar su agonía.

Con toques de ficción, pero respetando mucho la historia real, la cinta protagonizada por Chris Hemsworth hace un gran esfuerzo por ayudarnos a comprender el contexto en el que se fraguó Moby Dick en la mente de su autor. Y desde el punto de vista técnico poco se le puede reprochar: la imagen es maravillosa, experimenta con planos muy novedosos (sobre todo en los momentos de tormentas en alta mar), y cuida mucho la apariencia de los personajes: la transformación física de los actores es, simplemente, escalofriante.

Entonces... ¿por qué no termina de funcionar la cinta? En mi opinión, precisamente porque le falta aquello de lo que presume en el título: corazón. Poco se le puede reprochar a la película, salvo que no termina de llegar a los espectadores. Toca temas interesantes, pero apenas si roza en la superficie, produciendo solamente unas pequeñas ondas allá donde esperábamos tempestades.

Para que nos hagamos una idea, la película puede dividirse en dos grandes partes: antes y después del naufragio. Y en ambas tenemos dos historias paralelas: los acontecimientos ocurridos en el Essex, y la narración de dichos acontecimientos a un expectante y joven Herman Melville de labios de uno de los supervivientes, años después de aquello.

En la primera mitad de la cinta, los minutos dedicados a Melville suponen poco más que una excusa (por no decir un estorbo): queremos ver la difícil relación entre el capitán del Essex (Benjamin Walker) y su primer oficial a bordo (Chris Hemsworth). Pero, sobre todo, queremos que se produzca el choque con el cachalote blanco, para presenciar el origen de esa obsesión desmedida.

Sin embargo, la presencia del cachalote es escasa. Demasiado escasa para lo que esperábamos. Y su apariencia, aunque imponente, mucho menos aterradora de lo que Melville reflejó en sus páginas.


En la segunda parte (la que transcurre después del naufragio), la historia de los supervivientes del Essex pierde importancia en favor de la línea protagonizada por el joven escritor. La ballena desaparece, y la difícil relación entre el capitán y su subordinado se desdibuja (sin haber llegado a desarrollarse del todo) cuando ambos encuentran en la supervivencia un objetivo común. Se muestran las consecuencias más terribles del naufragio, pero para entonces los personajes ya apenas si nos interesan. Las escenas más duras pierden fuerza, y las atrocidades que se dejan entrever se nos antojan necesarias, sin más.

Sólo entonces podemos empezar a sentirnos identificados con el narrador en primera persona, el superviviente que cuenta a un curioso Melville lo que no ha sido capaz de confesar a nadie más en tantos años. Y al fin, entonces, podemos ver el inicio de la novela, ese "Call me Ishmael..." que todos tenemos grabado en la memoria. Una obra magistral que, a la vista de lo mostrado en esta cinta, hace un gran favor a Herman Melville, dibujándole como un genial autor capaz de imaginar una novela ejemplar basándose sólo en una historia dura, pero mucho más simple de lo que cabría imaginar.

En conclusión: si lo que buscáis es una cinta que entretenga, En el corazón del mar puede cumplir sus papel sin problemas. Pero si queréis encontrar (como hice yo, por error) la profundidad de Moby Dick en sus tramas y sus personajes, me temo que no es esto lo que buscáis. Habrá que seguir buscando en lo más profundo del océano...

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