Gran Torino (2008): "¿Qué tramáis, morenos?"

29 de septiembre de 2014


Se nos ha marchado ya el verano (Winter is Coming, que dirían algunos), y se acerca esa época en la que a menudo la santísima trinidad formada por los inseparables “sofá, peli y manta” se convierte en la mejor opción para muchas noches desapacibles. Así que supongo que una recomendación cinéfila nunca viene de más. Especialmente si es Clint Eastwood el que se encarga de firmar su carta de presentación. Poco más hay que decir, ¿no?

Gran Torino nos presenta un capítulo de la vida de Walt Kowalski, un veterano de la guerra de Corea que acaba de quedarse viudo y que sólo parece tener buena relación con la fiel labradora que le acompaña en silencio sentada hora tras hora en el porche de su vieja casa. No en vano Walt es un hombre racista, antisocial, y capaz de sacar de quicio a cualquiera que se cruce en su camino, comenzando por su propia familia. Un hombre, en definitiva, que ya ha perdido todo objetivo en la vida, a excepción, quizás, de cuidar con recelo su joya más preciada: un Gran Torino del 72. 

El mal carácter de Walt empeora cuando observa cómo, paulatinamente, al apacible barrio tradicional en el que vive comienzan a mudarse varias familias de inmigrantes asiáticos. Algo que, obviamente, no acepta de buen grado.

Sin embargo, las circunstancias pronto le harán darse cuenta de que en la vida las cosas no dependen de las razas sino de las personas, y de que nunca es demasiado tarde para remover los cimientos de las ideas que creíamos bien asentadas. Todo esto, con el Gran Torino como impávido nexo entre culturas y generaciones.


Viendo esta película, recibimos la impresión de estar ante una obra sencilla, sin grandes pretensiones ni un alto presupuesto. Es, sin duda, una de las películas más introspectivas de Eastwood, en la que se plantea la mayoría de los temas que, a lo largo de su filmografía, han demostrado ser sus mayores preocupaciones. 

De hecho, si nos fijamos en las películas firmadas por Eastwood que precedieron a esta cinta, encontramos que, desde Million Dollar Baby (la última en la que actuó hasta Gran Torino), nada menos que tres películas tienen la guerra como germen (Banderas de nuestros padres, Cartas desde Iwo Jima y La vida sin Grace, concretamente). Gran Torino es, pues, una especie de broche para este “ciclo bélico” en el que Eastwood explora el papel del veterano de guerra, de las consecuencias de las experiencias vividas, y de la manera en la que los choques culturales amplían nuestros horizontes mentales.

A ello hay que sumar, por supuesto, una soberbia interpretación del propio Clint, al que el personaje de Kowalski le sienta como un guante. A menudo da la impresión de que protagonista y director de asemejan más de lo que el propio actor pretende demostrar. Porque, sin duda, hay mucho Eastwood en esta película. Puede que más que nunca.


En cuanto al tono general, lo cierto es que Gran Torino sabe usar la ironía como la mejor manera de acercarse al espectador: es este recurso el único que posibilita que un personaje a priori tan odioso como el de Kowalski sea, sin embargo, tan fácil de aceptar. Y es que el espectador empatiza con él desde el primer momento, aun siendo contrario a su manera de pensar. Algo que, sin duda, no es tarea fácil. Pero por otra parte, la cinta nunca se olvida de que nos está hablando de temas dolorosamente reales, y se encarga de recordárnoslo cuando es necesario.

Por todos estos motivos, es más que recomendable darle una oportunidad a Gran Torino. Os hará reír y os hará llorar. Pero, sobre todo, al terminarla, tendréis la sensación de que en cierto modo os ha tocado un poco en lo más profundo y os ha hecho no sólo reflexionar, sino también sentiros reflejados en mucho de lo que habéis visto, cuestionando a la vez mucho de lo que dabais por supuesto. Y eso, señores, sólo lo logran los más grandes.

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