La cinta blanca (Michael Haneke)

24 de agosto de 2014


Opresión. Pocas veces se puede definir con una única palabra la sensación que una película, su ambiente interno, produce en el espectador. O al menos en mí. Con La cinta blanca, Michael Haneke consigue recrear un entorno opresivo, agobiante hasta la saciedad. Y lo consigue a base de una trama inusual, gobernada por unos personajes extraordinarios, en una localización que, por sí misma, nos impone los límites clásicos de una celda moral: una población pequeña, un pueblo de pocos habitantes llamado Eichwald en el que transcurre toda la acción de la cinta.

Una obra donde los personajes llegan a impactar al espectador; donde los diálogos son torpedos lanzados contra la línea de flotación de nuestra moral, siempre a través de la crudeza de los protagonistas. Sin rubor ni pudor. La vida es lo que es, porque no puede ser de otra manera. ¡Ay de aquel que se atreva a cuestionar las cosas!

Hablemos, poco, de la trama. En una pequeña población alemana, entre 1913 y 1914, empiezan a suceder acontecimientos violentos sin aparente explicación ni un patrón determinado. Simplemente ocurren. En medio del desconcierto, el maestro  es el único que parece querer llegar al fondo del dilema. Pero casi se podría decir que los acontecimientos violentos son simples excusas que emplea el director para mostrarnos, sin tapujos, las vidas de los personajes, sus relaciones, sus aspectos más oscuros y, sobre todo, la evidente oscuridad en la que todos parecen vivir. La opresión del barón y la estricta moral del pastor religioso son los que gobiernan, en realidad, las vidas de los habitantes de Eichwald.

Si uno pretende encontrar en esta cinta una película al uso, con su inicio, nudo y desenlace, tal vez se lleve alguna que otra sorpresa. Una película que merece la pena ser vista, con unas actuaciones brillantes y una fotografía puramente espectacular. Dos horas y cinco minutos de verdadero cine, lo que no desentona con el genial Haneke. Sin duda, una muestra en formato cinematográfico de algunos de los aspectos más oscuros de nuestra alma. La película está rodada en blanco y negro, lo que empuja aún más al espectador dentro de ese ambiente opresivo y angustioso del pueblo, de sus gentes y de la trama. Merece la pena.

Ganadora del Globo de Oro a la mejor película de habla no inglesa, ganadora de la Palma de Oro, nominada al Oscar y a los premios BAFTA como mejor película en lengua no inglesa... Las credenciales de la película son, desde luego, abrumadoras. Os dejo con el tráiler:


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