A Roma con amor

26 de enero de 2014


Es evidente que los nostálgicos del antiguo Woody Allen no estarán demasiado contentos con las últimas creaciones del excéntrico director. Y es que, desde luego, sus últimas películas no siguen la línea de su época más neoyorquina. Pero es que pocas cintas podrán igualar Balas sobre Broadway, Annie Hall, Misterioso asesinato en Manhattan o la tronchante Toma del dinero y corre.

No es el mismo Woody Allen, sobre todo porque todo cambia. El director cambió algo en su forma de hacer cine (que sigue siendo único y excepcional), pero nosotros, los espectadores, también hemos cambiado nuestra forma de ver cine. Nada que reprochar.

Algunas voces echan en cara que sus últimos guiones más parecen productos de marketing turístico que historias cinematográficas. Es cierto que en sus últimas obras, la ciudad cobra gran protagonismo, incluso en el título (Vicky Cristina Barcelona, Midnight in Paris, A Roma con amor), pero las tramas siguen ocurriendo en esas ciudades, historias repletas de originalidad y talento con las que Woody Allen llega hasta lo más profundo de nuestra esencia.

A Roma con amor es una prueba de esto. Además de ensalzar una ciudad que ya es eterna, el director narra varios relatos simultáneos con un nexo común: el adulterio. Es este pecado (¿por qué todo lo bueno engorda o es pecado?) el que une las tramas entre sí, mostrándonos todos sus aspectos: el deseo puramente carnal, el aspecto más romántico y bobalicón (¡ay¡) y el más disparatado se funden en una misma idea. Las situaciones absurdas, los imposibles, casi pasan desapercibidos sobre la capa homogénea que traza el tema principal. Tan sólo una de las tramas, la que preside con su habitual ironía, en ocasiones sarcasmo, el propio Woody Allen, abandona por completo el plano general del adulterio para volver a mostrar, por qué no, parte de esa neurosis a la que nos tiene acostumbrado. ¿Woody es el nuevo Freud?

Es de justicia decir que también la trama que protagoniza el genial Roberto Begnini (¡bravo!) tiene algo más: una mordaz crítica a la prensa rosa, al “famoseo” y todo lo que se mueve alrededor de ese mundo. Muy apropiada para estos tiempos.

Que la historia no era necesario contarla en Roma, es tan cierto como que no es una mala historia. No descubre nada que no supiéramos, pero cuánto nos conoce el genial director; más de uno reconocerá ciertos patrones propios retratados en la actitud de los personajes. Y es que, en realidad, lo que más nos gusta es vernos reflejados en la gran pantalla.




Disfruten ustedes. ¡Esto es cine!

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