Manderlay

3 de noviembre de 2013


"En Manderlay, los esclavos cenamos a las siete. ¿A qué hora cenan las personas libres?", con esta cita del guión puede describirse con acierto gran parte de la esencia de esta magnífica película de Lars von Trier, que forma la segunda entrega de su inconclusa trilogía Estados Unidos: tierra de oportunidades (puede que nunca se llegue a terminar). De la genial Dogville, el primer título de las tres, ya hablamos hace tiempo aquí. Ahora le llega el turno a Manderlay, una obra dura, con un estilo similar a su predecesora, aunque esta vez el director se permite algún lujo más en cuanto al escenario se refiere. Ojo, que por lujo nos referimos a alguna que otra columna, una escalera de caracol, una verja y algún que otro elemento añadido, lo justo y necesario para contar la historia.

Al salir de Dogville, Grace y su compañía de gánsters llegan hasta una plantación de algodón en la que aún pervive la esclavitud, abolida setenta años antes del tiempo de la narración. La situación horroriza a Grace hasta el punto de forzar a los terratenientes a deshacerse de sus dominios en favor de los esclavos negros que trabajaban la tierra. Bajo el amparo de unos cuantos gánsters cedidos por su padre, reconvertidos casi en vigilantes, Grace logra organizar una sociedad más justa y moderna en la vieja plantación. La democracia se convierte en el modelo de gobierno y los viejos amos se transforman en simples piezas de un puzle donde, a pesar de la buena intención, los elementos no terminan de encajar.

Von Trier plantea en esta película una serie de problemas verdaderamente actuales, tan a la orden del día que uno no puede dejar de fascinarse ante la efectividad de los argumentos. Diálogos bien trabados, con una trama que engancha desde el principio. Un alegato, no sólo contra la esclavitud, sino contra, y esto puede ser lo más duro, los propios errores de una sociedad supuestamente avanzada y justa, donde la democracia no es el mejor sistema sino simplemente el menos malo.

Una película que realmente agita las mentes, que zarandea nuestros cerebros, nuestros pensamientos, arrancándonos de la comodidad de la butaca. De nuevo, el genial director hace un análisis del comportamiento humano, una disección casi quirúrgica de nuestro interior, de nuestra moral, y de nuestras entrañas, nuestros bajos fondos, lo más oscuro de nuestra esencia. Von Trier vuelve a sacar a relucir la vileza humana en su forma más dura y difícil de digerir: disfrazada de bondad. Qué difícil es hacer algo así sin resultar pedante y aburrido.

Una película necesaria, importante. Una verdadera obra de arte al más puro estilo Lars Von Trier.

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