La elegancia del erizo

30 de octubre de 2013



Si tuvieras que escoger un animal que te represente, ¿cuál sería? (y tranquilos que no se trata de un test pseudopsicológico de revista rosa):

-Individuo 1: Pues claramente el perro porque soy muy leal.
-Individuo 2: ¿Yo? Me decanto por el delfín, que soy muy inteligente.
-Individuo 3: Hum, supongo que con el carácter que tengo... ¡un león!

Normalmente vienen a la mente ejemplos ya trillados, sin embargo, aquí la amiga Muriel Barbary nos propone algo más extravagante pero también descriptivo: el erizo. Un animal que bajo un muro punzante esconde su sensibilidad; que se enrolla como bola ante los peligros y que así refugia su vulnerabilidad más interna. Una forma viva que sin sus púas se muestra tierna, indefensa, suscitando la necesidad de ser protegida.

Una criatura que bien define la filosofía vital de las protagonistas de esta novelita francesa: la portera Renée y la pequeña Paloma. Dos seres que destacan por su lucidez de pensamiento y por su alta intelectualidad. Unos rasgos que lejos de facilitar el curso de sus vidas les produce desencanto ante una sociedad de la que apenas reciben algo más que decepciones. Un mundo en el que no encajan.

Este ambiente de apariencias y mediocridad se presenta ante estas mentes despiertas como una atmósfera nociva, un "peligro" del que escapan enroscándose y dejando a la vista sólo sus púas.

Sin embargo, este mecanismo de doble filo que funciona para alejar a la gente que desprecian presenta también la desventaja de impedir el descubrimiento de otras mentes semejantes capaces de rescatarles de esa introspección psicológica. 

Así, mediante las reflexiones personales de estos personajes ante los acontecimientos que se suceden en el día a día, la trama va avanzando. Pequeños capítulos que se alternan para narrar la historia desde dos flancos diferentes que, en cualquier caso, coinciden en una fuerte crítica al estilo de vida plano y artificial de la alta burguesía parisina (extrapolable a otros rincones del mundo).


Unas situaciones que sientan excusa para la autora que ahonda con ingenio en la forma de vivir y que tras elaboradas disertaciones llega a conclusiones impactantes. Una elección interesante para disfrutar con pausa y meditar un poco.

Con esos argumentos, la obra es capaz de originar muchos tipos de reacción según la experiencia y las circunstancias personales del lector. En mi caso me quedo con la importancia de las relaciones humanas y su capacidad de dar otro punto de vista a la pequeña percepción individual. Con que los sencillos placeres de la vida, como saborear un té en buena compañía, son las auténticas joyas a atesorar. Porque al final una visión más positiva es de agradecer y porque a fin de cuentas todos buscamos la felicidad como fin en sí de nuestras vidas. ¿O no?

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